Martes 21 de Mayo de 2019
 
 
 
 
6 de Marzo de 2008
     
 
   
 
Propuesta para autopistas más seguras.
 
Una nota de opinión publicada en el Diario La Nación del 5 de marzo propone el diseño de autopistas inteligentes y libres de peajes
En el Diario La Nación del 5 de marzo se publicó una nota de opinión elaborada por el Director Ejecutivo de la Fundación Metas para el Siglo XXI, Sr. Osvaldo Ottaviano.

A continuación, la transcripción de sus palabras

Tiene estado parlamentario en el Senado de la Nación el proyecto de ley S-702/07, que incluye la transformación de la red troncal de carreteras en una red de autopistas inteligentes. Su modelo de gestión e ingeniería financiera posibilita la construcción de 12.822 kilómetros de autopistas libres de peaje, con recursos materiales y financieros totalmente privados y argentinos, sin avales ni aportes presupuestarios del Estado.

Para pagarlas, bastará con una tasa de dos centavos por litro de combustible por cada mil kilómetros de autopistas terminadas y habilitadas al uso público. Por ejemplo, el corredor bioceánico Buenos Aires-Las Cuevas, que se puede construir en un año, nos costaría eso: dos centavos, que comenzaríamos a pagar sólo cuando la obra estuviera terminada y disponible. El usuario quedaría, así, absolutamente protegido, porque no pagaría un impuesto anticipado contra una promesa, sino una tasa retributiva por un servicio que ya tendría a su disposición.

Es un plan viable, presentado por doce senadores nacionales, representantes de los diversos sectores políticos nacionales y provinciales, oficialistas y opositores. Instaura una verdadera política de Estado, que puede ponerse en marcha de inmediato, ya que el proyecto licitatorio de ingeniería está disponible en el Poder Ejecutivo Nacional.

La obsolescencia de nuestra red vial y su alto nivel de peligrosidad es la causa fundamental de las muertes que, casi resignados, lamentamos a diario en nuestras angostas carreteras, diseñadas en la década del 30.

Entonces, el parque automotor argentino apenas alcanzaba los 300 mil vehículos. Hoy tenemos ocho millones, 26 veces más. Nuestro PBI era de 51.000 millones de dólares. Hoy, a valor constante, es de 416.000 millones, ocho veces más. En los años 30, la carga interurbana era totalmente transportada por ferrocarril. Hoy, el 85% de esa carga se transporta en camiones y la casi totalidad del transporte de pasajeros de larga distancia se realiza en ómnibus. El tránsito y el transporte de carga vial y de pasajeros han crecido en forma exponencial, mientras que la infraestructura ha quedado congelada en el tiempo. No es lógico esperar otra cosa que colapso y muertes.

Cada vez que un automovilista, aun el más consciente y educado, decide salir a las rutas angostas de nuestra red troncal (14, 8, 34, 11, 5, 7, 3 etcétera), muchas veces con su familia, de vacaciones, por negocios o por trabajo, admite que está corriendo un riesgo mortal que él no puede controlar.

Sabe que a pesar de su prudencia, de su educación vial y de su acatamiento a las normas, estas rutas angostas tienen un diseño de alta peligrosidad que se anuncia profusamente con carteles colocados por el Estado (a confesión de culpa, relevo de pruebas): curva peligrosa, calzada resbaladiza, banquina sin calzada, paso a nivel sin barreras, cruce urbano, animales sueltos... con el casi irónico aditamento: “Avise a la policía”.

Y a todos estos peligros que nuestro conductor debe enfrentar y sortear con éxito, se suma el peligro por excelencia: el choque frontal en las maniobras de sobrepaso, causa del 66% de las muertes en el tránsito interurbano.

Circular a contramano es obligatorio en las rutas angostas.

El ingeniero Pascual Palazzo, fundador de la cátedra Vías de Comunicación, enseñaba en la Facultad de Ingeniería de la UBA: “El camino ideal es aquel que no necesita ningún cartel de peligro, porque todos los riesgos previsibles han sido eliminados por la ingeniería vial”

He perdido en estas rutas de la muerte algunos buenos amigos, excelentes ciudadanos, respetuosos de las normas. Una vez, viajando con toda mi familia, un estornudo me puso al borde del choque frontal. El ánimo más templado y sereno puede alterarse en estas circunstancias. Al fin y al cabo, aunque educados y entrenados, somos seres humanos, falibles. Desde luego, también circulan por las rutas los inadaptados y transgresores, amparados en la impunidad de la falta de control y sanción, y quienes, respetando las normas, tienen menos destreza para el volante (la pericia para conducir es también un don, como la capacidad deportiva o intelectual). Aunque parezca exagerado, autorizar hoy el manejo en nuestra red troncal requeriría un nivel de exigencia de conducción y equilibrio psicológico igual al que se exige a los pilotos de líneas aéreas regulares. Es decir: salir a las rutas sería privilegio sólo de algunos pocos profesionales. Quedaríamos excluidos los aficionados, o sea, la inmensa mayoría de los automovilistas.

Resulta evidente que la solución no pasa por ahí. Pasa por atacar la endemia social de las muertes en el tránsito, que todos reconocemos, con toda la batería de recursos posibles y disponibles. No hacerlo es, para quien tiene la obligación monopólica de resolver el problema (el Estado nacional), incurrir en mala praxis.

Es loable la intención que persigue la ley de seguridad vial del Poder Ejecutivo, que seguramente aprobará el Congreso. Loable y bienintencionada, pero parcial.

Sólo insiste en la educación y el control/sanción, dos patas importantes del trípode de la seguridad vial, pero omite la pata de la infraestructura, que, como su nombre lo indica, es la base, el cimiento, el sustento. Las autopistas han sido inventadas principalmente para preservar la vida, a pesar de los errores o transgresiones humanas, porque tratan de minimizar el riesgo aislando físicamente los flujos de tránsito.

Excelente ocasión, entonces, para que los dos proyectos de ley entren en sinergia positiva. Congreso y Poder Ejecutivo deberían volcar también sus esfuerzos para que el proyecto de ley S 702/07, que da una solución de fondo a la modernización de la infraestructura vial, sea tratado y sancionado.

Esto significará atacar la endemia social con toda la batería de recursos disponibles.

Contar con una red de autopistas inteligentes libres de peaje, bien diseñadas y bien operadas, no es una utopía. Está al alcance de la capacidad técnica, económica y financiera de los argentinos. Y, como lo prueban las estadísticas internacionales, se evitarán con ella siete de cada ocho muertes en el tránsito interurbano.





 
           
     
         
 
   
     
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